Brahim Díaz rompe el molde en la Copa de África de Marruecos

“Soy un chico simple”, dijo una vez, puesto a autoexaminar el origen de su decisión de adoptar la nacionalidad deportiva de Marruecos para alistarse definitivamente en su selección. Hoy el rostro de infantil y transparente, cubre los carteles, las marquesinas, las pantallas publicitarias de todos los rincones de Rabat. Su imagen de niño providencial confirma su confesión. No hay vuelta de hoja en la personalidad de este malagueño de 26 años que se enfundó la camiseta del país de su padre, el melillense Sufiel Abdelkader, por la sencilla razón de que el ataque del equipo del país de su madre, Patricia Díaz, estaba superpoblado y en su club no gozaba de condiciones para opositar rápido y de manera efectiva. Estancado como estaba en el banquillo del Madrid desde hace dos años, sin que la presencia de Rodrygo, Güler, Bellingham, Vinicius y Mbappé en los equipos titulares le permitiera un mínimo de continuidad, su carrera necesitaba un impacto. Un giro radical que le pusiera en el centro del escenario. Sin vuelta atrás. Sin posibilidad de apelación.

La Copa de África que se celebra en Marruecos fue el experimento definitivo. fue el hombre que hace años detectó que detrás del niño simple podía esconderse un jugador de gran sofisticación. Poco a poco, después de convencerle de renunciar a España, el entrenador le ha empujado a dar el gran salto. Con consecuencias impresionantes. Cinco tantos en cinco partidos y un ramillete de acciones desequilibrantes con valor gol sitúan a Brahim como el jugador más influyente en lo que va de campeonato. Esta noche en Rabat (21.00 horas, Movistar+) se enfrentará a Nigeria por una plaza en la final del domingo y el derecho a reclamar el trono de África por encima de Victor Osimhen, Mohamed Salah y Sadio Mané.

Hace falta creatividad y mucho carácter para liberar a Marruecos de los complejos ancestrales que pesan sobre su selección de fútbol. El equipo solo alcanzó dos finales de la Copa de África: 1976, con victoria, y 2004, con derrota. Regragui, nacido en Francia de padres marroquíes, es el arquitecto de la empresa. Después de alcanzar las la federación y los medios locales le impusieron la Copa de África como única vía para evitar el fracaso. La hinchada proyecta sobre el equipo el afán de prosperidad y modernidad de toda una nación. “Marruecos es así”, dice Regragui, resignado a la neurosis colectiva que ha producido el éxito deportivo en la sociedad. Para traducir esa energía en una fórmula efectiva de competición cuenta con buenos jugadores. El primero, Brahim.

Regragui asegura que la transformación de Brahim de mediapunta regateador a jugador total es obra suya. Sea como fuere, contra Camerún el futbolista exhibió rasgos de una madurez admirable. Su sentido del tiempo, preciso para decidir cuándo jugar fácil y cuándo girarse y encarar, fueron el síntoma más patente de su evolución. A sus conducciones mercuriales añadió constancia, bravura, afán de profundidad con y sin balón, y generosidad para estar siempre dispuesto a ayudar a sus compañeros en cada una de las secuencias del juego. No hubo maniobra en la que la hinchada le descubriera como un mero espectador. Aunque la pelota estuviera en la otra punta del campo, él quería participar y se hacía sentir.