Elogio del último minuto

En una , el pequeño Calvin está jugando en un arenero cuando Hobbes le pregunta si no debería estar haciendo una redacción para clase. Entonces Calvin se pone entre melodramático y trascendente (me encanta cuando toma esa actitud) y responde que la creatividad no es un grifo que se abre y cierra a voluntad, sino que para poder escribir hay que encontrarse en el tono adecuado. Cuando el tigre de peluche le pregunta cuál es ese tono, Calvin responde: el pánico del último minuto.

La tira de Bill Watterson esconde una idea sobre la creatividad que Duke Ellington formuló en una brillante sentencia: “No necesito tiempo, sino un plazo de entrega”. A todos nos sucede que, a veces, la presión se convierte en la mejor de las musas. Hay autores que tienen planificadas la trama y cada escena de sus novelas en esquemas de pósits y líneas trazadas pegados en la pared del despacho, como los detectives (o asesinos en serie) de las películas. Son esa clases de extraños seres que entregan el manuscrito con semanas de antelación

Otros, por el contrario, prefieren improvisar frente al texto, como hacen con las cuestiones más importantes de la vida, esas para las que no hay manual, el amor o la crianza, por ejemplo, y viven la escritura como una aventura de la que por momentos temen no salir bien parados. Para quienes nos incluimos entre estos últimos, el deadline (que me perdone Álex Grijelmo, pero qué apropiado es el término en inglés: línea de muerte) es, al tiempo que una amenaza, un acicate.

Vivimos tiempos en los que se elogia el orden hasta el punto de que creemos que nuestra tarea está bien hecha solo si ha sido estrictamente planificada y cabe en una tabla de Excel. Olvidamos en demasía que el orden es una herramienta, no una virtud, y como tal, su bondad depende del uso que de él hagamos. A veces sucede que cuadricular los procesos los fosiliza y los vuelve inservibles: herramientas que se autoalimentan y justifican en sí mismas. Monstruos burocráticos ávidos de nuestro tiempo.

¡Esta es una página de deportes!, se quejará algún lector. Pero es que hablo también de fútbol. También ahí el orden es una herramienta cuyo éxito deberíamos medir por lo que permite hacer al equipo, no valorar por sí mismo. No son pocos los equipos tan pendientes de conservar el rigor táctico que parecen haber olvidado para qué saltaron al campo. Víctimas de su propio orden, en ellos cada jugador ocupa su sitio, las líneas guardan las distancias y el balón circula sin que nadie sea capaz de abandonar el lugar y . Sigo sin hablar solo de fútbol: ¿Es un éxito cumplir con el plan previsto? ¿Es eficiente? ¿Es bueno?

Qué bonito juega a veces un equipo al que se le extravió el orden. Que me perdonen los entrenadores, pero hay algo hermoso en ese caos provocado (el gran deadline del fútbol), cuando el equipo va perdiendo y comienza a improvisar y atentar contra su propio esquema. Oh, esos momentos en los que el míster grita en la banda y no sabes bien si se desespera o celebra, si da instrucciones o baila pidiendo un milagro a los dioses. Cuánta belleza hay ese desorden en el que el central sube, el lateral aparece por dentro, alguien intenta un regate que hasta entonces no se había permitido ni imaginar y, de pronto, parece que puede pasar cualquier cosa, incluso el milagro.