Jehyve Floyd, el pívot del Estudiantes que habla de la salud mental: “Puedo ser un hombre y ser vulnerable”

Su nombre es una de las maneras de llamar a Dios en hebreo y esa fe le ha acompañado durante toda su vida. También el baloncesto, la tabla de salvación en las tormentas que ha atravesado. La historia de Jehyve Floyd (Nueva Jersey, EE UU; 29 años) esconde mucho más que la carrera del pívot de 2,04m que compite en su primera temporada en España. Por el camino sorteó una infancia marcada por la dureza de su padre, los pensamientos suicidas y una continua lucha interior hasta alcanzar la élite del baloncesto. Ese camino vital y profesional lo ha recogido de su puño y letra en dos libros: Godfidence, un juego de palabras entre las palabras Dios y confianza en inglés, y Rehabilitation of a black man’s heart, Rehabilitación del corazón de un hombre negro. Después de un entrenamiento con el Estudiantes, Jehyve charla con EL PAÍS sobre la importancia de hablar sin miedo de la salud mental y de las debilidades personales en un mundo de la alta competición que exige hombres fuertes e invencibles. “Pero no lo somos, yo no lo soy”, cuenta; “se puede ser un hombre y un gran atleta y ser vulnerable”.

El quinto de siete hermanos jugaba al fútbol americano, al soccer y al voleibol. Era “bastante bajo”, dice, hasta que dio un estirón de 25 centímetros y se quedó con el baloncesto. Por delante del deporte había un orden grabado en piedra: iglesia, casa, escuela. “Mi padre era pastor de iglesia. Yo era el hijo del pastor. Gran parte de mi vida giraba en torno a la iglesia, todo estaba muy organizado”, revive. Esa figura paterna impregnaba cada centímetro de su existencia. “Mi padre esperaba que fuéramos mejores que él. Había pasado por momentos difíciles y le tocó madurar muy rápido. Esa experiencia la trasladó a nosotros. Quería enseñarnos a ser hombres desde muy jóvenes y no tuvimos tiempo de ser niños”, relata Jehyve. La violencia física formaba parte del cóctel. “Es nuestra comunidad, eso es prácticamente una forma de disciplina, un castigo, es algo que se remonta a la época de la esclavitud. Cuando uno está creciendo, es algo que se percibe como normal pero con el tiempo te das cuenta de que no lo es”.

La familia que aparentaba ser modélica cada domingo de iglesia estaba rota por dentro y el matrimonio se divorció. Jehyve fue el único hermano que se quedó con su padre y se abrió una etapa en la que pensó en el . “Fue como si la vida real comenzara de golpe aún siendo pequeño. Yo tenía miedo. Mucha ansiedad. No creía ser capaz de estar a la altura de sus expectativas. Me sentía muy confundido y siempre intentaba exigirme más a mí mismo. La vida se volvió demasiado pesada. No sabía si podía salir adelante. Cuando mi familia se desintegró, sentí que ya no había ninguna razón ni propósito para vivir”.

Un profesor de ciencias avisó a servicios sociales y el chico acudió a terapia con apenas 11 años. “Mi fe me ayudó a seguir adelante. Me salvó. Y el baloncesto fue mi vía de escape. Creo que por eso se volvió tan importante para mí. Pensaba que si me iba bien, podría conseguir una beca para la universidad, ser profesional, ayudar a mi madre y crear mi propia familia. En definitiva, una realidad diferente a aquella en la que crecía. Se trataba de tomar el dolor que viví de niño y usarlo como base para construir una nueva vida”, recuerda Jehyve.

La canasta ha conducido al pívot por Estados Unidos, Turquía, Japón, Israel, Grecia y España. con el Panathinaikos en el curso 2021-22 y otros 14 con el Fenerbahçe esa misma campaña. Ahora se desempeña en la Primera FEB en busca del deseado ascenso del Estudiantes a la ACB.

En ese viaje ha descubierto Jehyve el tabú en el deporte de élite de admitir las debilidades personales. “Todos los atletas somos seres humanos. Pasamos por situaciones fuera de la cancha que no se tienen en cuenta cuando la gente critica nuestro rendimiento. Por eso ya hace años, antes de la covid, me di cuenta de que no se le daba la debida importancia a la salud mental. Como atleta, decidí empezar a hablar de ello y buscar un espacio seguro para que los hombres podamos hablar de nuestros sentimientos. Puedo sentirme vulnerable y la vez un hombre y un atleta de élite. A veces pasas de estar en la cima a caer, ya no puedes ser fuerte: no puedes caminar, no puedes correr, no puedes saltar. Lo que define quién eres realmente es conocerte a fondo, ser consciente de tus debilidades para no permitir que los demás las usen en tu contra. Se trata de transformar el dolor en fortaleza”, relata Jehyve.

La puerta tantos años cerrada se va abriendo poco a mano. “Las conversaciones en el vestuario son distintas. A veces los hombres no quieren hablar de la salud mental porque creen que parecen débiles. Yo trato de mostrar quién soy. Y las cosas van cambiando. Jugadores NBA y Jaylen Brown hablan de lo que pasa por su mente. Yo comparto mi historia para ayudar”, apunta Jehyve, hoy padrastro de un niño de 12 años del que siempre está “pendiente mentalmente”.