Se regateaba a sí mismo

Los futbolistas que tienen una manera especial de jugar pasan rápidamente a formar parte de la lengua popular. Su nombre viaja desde los terrenos de juego profesionales hasta campos de toda condición para convertirse en apodo momentáneo de centenares de futbolistas aficionados. Los que le pegan bien al balón, los que nunca defienden, los que no sueltan la pelota, los que no van a las disputas aéreas, los que fallan un gol cantado… todos encontrarán un nombre conocido que define su manera de estar en el césped. Hay, incluso, jugadores tan tan buenos y tan tan especiales que su nombre sirve para mentar una cosa y la contraria. , por ejemplo, servía hace años para definir a quien jugaba muy bien y, también, a quien no daba una. Con ironía, se entiende.

En los años 90, en España, si uno era un poco chupón y no levantaba la cabeza del balón, inmediatamente le podía caer Onésimo como mote. Era un futbolista con el centro de gravedad bajo, con un talento para el regate adquirido en la calle. De esos jugadores a los que el público pide para desesperación del entrenador; de esos jugadores que el entrenador pone a jugar para desesperación del público.

Onésimo, el penúltimo regate (Altamarea) es el título de la interesante y divertida biografía escrita por el periodista Iván Vargas. Se enmarca dentro de la colección Cromos, que recoge, en libros de pequeño formato, la historia de algunos de los jugadores más singulares de la historia del fútbol. , entre otros equipos, en el Valladolid, el Rayo Vallecano, el Barcelona y el Sevilla. Pudo tocar el cielo a las órdenes de Cruyff, pero su querencia por mirar al suelo -a la vida real- hizo que en Vallecas fuera muy feliz. Un futbolista hecho para divertir. Era como si siempre le quedara un regate pendiente y tuviera que volver sobre sus pasos para saldar la deuda. Todavía hoy, cuando se menta su nombre a algún hincha, aflora una peculiar manera de definirlo: se regateaba a sí mismo. Qué bonita expresión. Ya nadie regatea hasta la extenuación.