Chava Jiménez y Ángel Arroyo: dos ciclistas barrocos comparten eternidad en la Castilla dura y austera

los días yendo de allá para acá en bici para ahorrar coche, salvo cuando llovía. La lluvia no le gustaba, entre otras cosas porque nadie lava el coche y sus lavaderos estaban parados. Llovía el martes, cuatro gotas, no más, que rebotaban sobre las piedras austeras de Ávila dura, y a él, tan barroco, le decían el funeral en una iglesia oscura, más muros que vidrieras, y la sobriedad de la negrura solo la libraban un Santiago matamoros descolorido en el retablo y Bach en los dedos del organista que llenaba de hermosura el ambiente tan triste. En la puerta muchos ciclistas antiguos, y uno de ellos, su mejor amigo, Tasio Greciano, albañil en Galapagar, 15 días sin dormir al lado de su cama en el hospital, la voz lenta y clara de siempre, grandes ojeras bajo sus ojazos, recuenta una vez más el último año de Ángel, el frío que sintió durante unos días en Canarias, la confusión cuando pensó que le habían robado el coche que no encontraba en el parking del aeropuerto, la biopsia del tumor del cerebro que tardó en hacerse…

Chava, un niño gordito, se hizo ciclista en la peña que organizó Víctor, el padre de Carlos Sastre por admiración a Arroyo. Murió muy joven hace casi 25 años. Arroyo le lloró, y lamentó su destino, del que le culpaba, sin querer aceptar que era una víctima débil, que no siempre se puede mandar sobre la vida. “Mira que le dije que lo dejara, que se estaba haciendo daño… Nunca le gustó ser ciclista. Le gustaba el ambiente, fumar, beber, follar”, contaba un día, la mirada dura, hace ya muchos años. “Tenía mucha fuerza. Podía salvar el tipo en pruebas de una semana, pero no trabajaba a fondo para más. Tampoco le interesaba. Lo que le resultaba fácil lo hacía bien”.

No más de 30 metros más allá, un agujero tapado provisionalmente con unos tablones acoge ya el cuerpo de Arroyo, que no se llevó a la tumba la copa enorme de ganador de la Vuelta, pero su gente la exhibió junto a su féretro en un gran salón del palacio renacentista de Superunda, morada y museo del pintor Guido Caprotti, Y también el maillot amarillo de la Vuelta que ganó en el 82 y luego le quitaron. Nunca aceptó que le cargaran un positivo del que no se sentía culpable. Nunca le envió la copa a Lejarreta, a quien declararon vencedor tras su descalificación, y tampoco le habría dejado su pueblo, dispuesto a sacar las escopetas de caza para protegerla.

Cruzando el puente nuevo de La Gaznata, tan soberbio que intenta humillar, pero no puede, los arcos bajos y la estrechez incómoda y tranquila del antiguo, por teléfono cuenta su Ángel, cómo quebraron su carrera joven las fiebres de Malta, tan habituales en los pueblos cuando la leche se compraba en la vaquería y no se hervía bien, la fuerza de un juvenil increíble que ridiculizó junto al embalse a sus mejores amateurs, también los mejores de España, su carácter único. “Era un ciclista como ninguno”, dice Mínguez, a quien Arroyo siempre llamó Monglorio, el director que le hizo profesional en el Moliner-Vereco cuando volvió de la mili en Almería. “Siempre sorprendía. Parecía que estaba acabado un momento y al siguiente estaba atacando. Conocí más a Tarangu, que corría a golpes de inspiración, y Arroyo me recordaba mucho a él”.

Poco después cruza ese puente el coche con el que regresan a Cataluña Joselu Laguía, Celestino Prieto y Jaume Vilamajó, compañeros del alma y del Reynolds que habían salido la víspera, ya anochecida, y condujeron toda la noche para llegar a tiempo de sumergirse en la niebla y la oscuridad triste del día en Ávila para dejarse deslumbrar una vez más la luz por la luz de la memoria de su querido Ángel, tan joven.