Paul Seixas alcanza en el Giro de Lombardía su futuro anunciado

El futuro vislumbrado de Paul Seixas, brillante, quizá descomunal, ha empezado a escribirse hoy de forma definitiva, incontestable. , convirtiéndose de paso en el ciclista más joven en lograr la victoria en la cita italiana. Hasta ayer, dicha marca pertenecía al italiano Giovanni Gerbi, primer ganador de la clásica de las hojas muertas en 1905, la primera edición del hoy conocido como quinto Monumento de la temporada. Gerbi, conocido como el Diablo rojo, contaba 20 años y 161 días y alcanzó la meta con 40 minutos de ventaja sobre el segundo tras un ataque alocado. Gerbi, un peón de la construcción y de lo que saliese, tuvo lo que Seixas defiende: valentía, un punto de locura, audacia para perder buscando la victoria. El Tour del francés fue conservador, su Mundial decepcionante, su entorno preocupado por la expectación descomunal que despierta, que podría arrugarle, marchitarle. Lombardía le ha devuelto la sonrisa.

. A un Mundial de enorme belleza solo afeado por la ayuda mal disimulada de Isaac del Toro a su compañero de equipo (que no de selección) Brandon Mc Nulty, le ha sucedido un Giro de Lombardía que se anunciaba soberbio… y se resolvió sin grandes emociones y por aplastamiento: Seixas fue un rodillo. En la salida, ni un solo favorito claro pero sí un puñado de elegidos dispuestos a abofetearse hasta la línea de meta: Evenepoel, Seixas, Pidcock o Del Toro, este último como guardián del recuerdo de su jefe, Pogacar, vencedor de las cinco últimas ediciones de la llamada clásica de las hojas muertas. Ojalá hubiesen comparecido también Van der Poel y Van Aert. No hay nada como la ausencia de incertidumbre para matar el espectáculo ciclista. El ciclismo resulta atractivo cuando al final de una pelea a cara de perro el mejor (no siempre el más fuerte) alza los brazos. Y aunque Pogacar sea un espectáculo en sí mismo, sus cabalgadas solitarias acaban siendo para el espectador ejercicios de contemplación con desenlaces tan conocidos como desprovistos de intriga. El ciclismo mejora cuando el pelotón parece un ring de boxeo y no un ejército de oficinistas saludando al patrón.

Todos los favoritos tenían motivos poderosos para ganar en Lombardia, el último de la temporada, el que más se ajusta al perfil de los escaladores. Del Toro aspira a lo mismo o a algo más: ser el próximo Pogacar. A Pidcock, aparentemente el más fuerte en otoño, le cuesta un mundo rematar, lo que empieza a desesperarle. Y faltaba Seixas: el chaval destrozado por los calambres y la vergüenza del pasado Mundial no hubiese soportado despedir el curso con otro tiro de fogueo. A tenor de sus declaraciones tras , ninguna presión externa será tan severa como la que el ciclista del Decathlon se impone a sí mismo. En Canadá, solo le faltó darse de cabezazos contra una pared sin casco para ilustrar su discurso culpable.

A 20 kilómetros de meta, amenazaba ruina, un pequeño tostón explicado por el miedo a perder. Sobrevivía la clásica escapada mirando angustiada por el rabillo del ojo. Controlaban la carrera los hombres de Evenepoel (inmenso Pellizzari) y Seixas, todos los favoritos amontonados, todos expectantes, todos contando qué fuerzas les quedaban. Roglic o Ayuso se borraron rápido. A la hora de la verdad, resultó que todos circulaban al límite. Sin fuerzas no hay más espectáculo que el de la agonía. Todos menos Seixas. Apretó el paso en el ascenso del Civiglio (4,2 kms al 9,7%) y la fruta madura cayó del árbol estrellándose contra el piso sin que mediase un ataque furioso: Del Toro clavado, Evenepoel resoplando, todos desperdigados rozando las cunetas y Seixas volando., y apenas diez segundos extra para Giulio Ciccone, uno que sigue masticando la frustración de su derrota terrible en la foto finish del campeonato de Europa. En meta, Seixas amplió el hueco hasta el minuto, registros de animal. Mas,, segundo bajo la pancarta (igual que en 2022, tras Pogacar), no hubiera podido soñar nada mejor. Seixas, ya no tiene que soñar. Su futuro anunciado le ha alcanzado.